25 Ago

La figura de “El caldero”

#LECTURAS por Sebastián Goyeneche

Algunas notas sobre la traducción y la nueva versión poética de Michel Nieva y Zara Benaventos Ceppi de Los fragmentos de Heráclito, expresadas en la presentación del libro, viernes 22 de julio de 2016, realizada en Café Cultural Criterio. En la mesa estuvieron presentes Lucas Soares (titular de la cátedra de Filosofía Antigua de la UBA), el traductor y escritor Michel Nieva y el editor Sebastián Goyeneche, cuyas palabras reproducimos a continuación

1. LA TRADUCCIÓN COMO INTERPRETACIÓN
Si tomamos la idea de que toda traducción es una nueva lectura del texto original, nos topamos con otra forma de pensar el papel de la tradición. Traducir los fragmentos que se conservan de la obra de Heráclito (535-484 a.C.) implica necesariamente enfrentarse a más de dos milenios de interpretaciones, lecturas, versiones y, sobre todo, deducciones filológicas e investigaciones de diversa naturaleza que marcaron en buena medida la recepción de la obra en todos sus lectores y, más específicamete, en los lectores de habla castellana.

En esta nueva traducción, Michel Nieva y Zara Benaventos Ceppi se proponen desde un principio pararse abiertamente en contra de esa cierta tradición “filológica”. Al dejar entrever en el texto objetivos asociados al dogma cristiano, a la razón ilustrada del Siglo XVII o intentar adosarle direccionamientos filosóficos nacidos muchos siglos después del momento de escritura real, ninguna de las traducciones al castellano existentes convencían a los traductores. Eso los llevó a buscar otra perspectiva de trabajo para “purificar” el texto: rastrear en el texto griego los rasgos literarios y poéticos abandonados por la tradición.

Tomando al traductor como un lector que incrusta en su trabajo su lectura de la obra, también eso lo transforma en el primer lector del resultado (traducción como proceso pero también como resultado). Y de nuevo, sobresale en esta traducción además otro proceso: el de análisis, discusión y debate por tratarse de un trabajo en equipo y, sobre todo, el trabajo crítico que también leemos como parte del resultado.

Dice Heráclito: “no es necesario que los hijos imiten a sus padres” (fragmento nº 74).

 

2. LA POESÍA COMO FILOSOFÍA
Toda traducción implica inevitablemente un fin de comunicabilidad o, si se quiere, de legibilidad. El traductor trabaja para futuros lectores: es por y para ellos para quien toma las decisiones mientras traduce. En este caso estamos ante una traducción con una finalidad explícitamente poética, enfocada en el caracter oracular y hermético del texto de Heráclito. Los términos filosóficos o extremadamente académicos no tienen espacio (la palabra más complicada que el lector puede encontrar es “aporético”) y sí en cambio toma el protagonismo un lenguaje claro, entendible, directo, poético por su efecto, su significado y su profundidad, no por su dificultad o por un extremo cultismo en la selección de palabras.

Señala Heráclito: “el oráculo de Delfos no dice ni oculta, sino que da señales” (fragmento nº 93).

Esta traducción lo posiciona a Heráclito como poeta y no como un filósofo con un programa detrás, sino más bien recuperando para él un papel más leal a lo que fue: la prueba de que la filosofía y la poesía tienen un nacimiento compartido. Puesto que ambas disciplinas trabajan con el lenguaje y con el pensamiento, la nueva traducción abre de nuevo aquella idea por momentos olvidada de que la filosofía puede pensarse dentro de la literatura, y de que la poesía puede pensarse como filosofía.

Lo que rescato como conclusión es la importancia que le dieron los traductores a abrir nuevas lecturas posibles del texto heraclíteo y no a sesgar y direccionar esas lecturas; y a la vez ofrecer los fragmentos a un lector amplio, no académico. Todo esto y lo antes mencionado hace que estemos ante una edición y una traducción netamente popular.

 

3. LA FIGURA DE “EL CALDERO”
Cuando Carl Gustav Jung escribe el prólogo a la primera traducción al inglés del I Ching (hasta ese momento sólo existía la traducción al alemán de Wilhelm), hace algo muy interesante. Jung es consciente de que esta nueva traducción es la apertura del conocimiento oracular y religioso del libro sagrado chino a toda la cultura occidental. Toma sus precauciones, pero decide lo siguiente: Jung le pregunta al mismo I Ching qué opina de ser traducido al inglés. El oráculo le responde con el hexagrama 50, “El caldero”.

Esta figura habla de uno de los únicos dos objetos que aparecen en el libro, siendo todos los demás hexagramas conceptos abstractos. El caldero, como elemento sagrado de la cultura chicna, existe para poder dar alimento y nutrición al pueblo. Jung interpreta que el I Ching habla de sí mismo como un caldero que alberga alimento espiritual para toda una comunidad (en este caso el mundo occidental). Si hubiera tomado la decisión de tirar el I Ching para preguntarle qué significaba esta nueva traducción de Heráclito, estoy seguro de que hubiera salido la figura del caldero.

Prefiero quedarme igualmente con esta lectura de Jung, porque de haberlo lanzado seguramente me hubiese concentrado hoy más en buscar lo negativo de la figura que saliera, ya que como editor uno siempre está ocupándose de encontrar el error en lo bello. Así que decidí no tirarlo, pero siento que el prólogo de Jung es completamente aplicable a lo que significa esta nueva traducción de Los fragmentos de Heráclito, popular y pensada para el público más amplio que pueda imaginarse.

Profetiza Heráclito: “se alzan y se vuelven guardianes de lo vivo y de lo muerto” (fragmento nº 63).

Creo que esa es la tarea de los editores y traductores a la hora de traer libros al mundo: proteger el caldero y el alimento que se cocina adentro.

Sentencia Heráclito: “el rayo dirime el curso de todo” (fg. nº 64).